
Part 1
La mañana en que Doña Esperanza cayó al suelo con una olla de frijoles hirviendo entre las manos, nadie escuchó primero su grito.
Escucharon el golpe.
Un golpe seco, pesado, como si el corazón del comedor del barrio se hubiera desprendido de la pared y hubiera caído sobre el piso de cemento.
Eran las seis con veinte. Afuera, la colonia Santa Marta apenas despertaba: los puestos del tianguis empezaban a abrir sus lonas azules, un camión viejo tosía humo negro en la esquina, y desde una casa cercana salía el olor a tortillas recién hechas. En el pequeño comedor comunitario, con paredes amarillas descarapeladas y una imagen de la Virgen de Guadalupe junto a la puerta, Doña Esperanza llevaba casi tres horas cocinando.
Tenía ochenta y dos años.
Sus manos, llenas de venas y quemaduras antiguas, todavía sabían medir la sal sin cuchara, cortar cebolla sin mirar y estirar una sopa para que alcanzara para veinte cuando solo había para diez.
—¡Doña Espe! —gritó Lalo, un niño flaco de doce años, al verla en el piso.
La olla se había volcado a un lado. El vapor subía como un fantasma. Los frijoles negros corrían por el cemento. La anciana estaba de rodillas, con una mano apretada contra el pecho y la otra intentando, todavía, alcanzar el cucharón.
—No se quemen… —murmuró—. Quiten a los niños.
Eso fue lo primero que dijo. No pidió ayuda. No lloró. No se quejó del brazo rojo por la quemadura. Solo miró a los niños que ya entraban con sus mochilas gastadas.
En menos de diez minutos, medio barrio estaba ahí.
Llegó Marta, la señora que vendía tamales en la esquina. Llegó Don Julián, el herrero. Llegaron dos muchachas del mercado con mandiles puestos. Alguien llamó a una ambulancia, aunque todos sabían que en esa colonia las ambulancias tardaban como si vinieran desde otro mundo.
—¿Quién es su familiar? —preguntó el paramédico cuando por fin apareció.
Todos hablaron al mismo tiempo.
—Yo.
—Nosotros.
—Es como mi madre.
—A mí me crió.
—A mi hijo le salvó la vida.
El paramédico se quedó mirando aquella multitud reunida frente a una cocina pobre, con mesas de plástico, sillas distintas y una libreta vieja donde Doña Esperanza apuntaba nombres, no de deudores, sino de gente que “comería mañana”.
Entre la gente estaba Tomás Rivas, un periodista joven del periódico local. Había llegado por otra razón. Su editor le había pedido una nota sencilla: “Anciana de ochenta y dos años cocina gratis en comedor del barrio”. Algo bonito para domingo. Una historia amable, de esas que la gente lee mientras toma café.
Pero cuando vio a veinte personas llorando por una mujer que no llevaba su sangre, entendió que ahí había algo más.
En el hospital general, Doña Esperanza no quería quedarse.
—No tengo tiempo para estar acostada —le dijo a la doctora, mientras le revisaban la presión—. Hoy es miércoles. Los albañiles pasan a las dos.
La doctora suspiró.
—Señora, tuvo un desmayo fuerte. Está desnutrida, con presión alta y una quemadura en el brazo. Tiene que descansar.
Doña Esperanza bajó la mirada, avergonzada, como niña regañada.
—Yo sí como, doctora.
Marta, sentada junto a ella, soltó el llanto.
—No, no come. Siempre dice que ya probó la comida, pero es mentira. Se guarda su plato para alguien más.
Tomás, que había pedido permiso para acompañarlas, anotó la frase. Luego guardó la libreta. Había algo indecente en escribir mientras aquella mujer intentaba esconder su cansancio.
—Doña Esperanza —dijo él con suavidad—, ¿puedo hacerle unas preguntas cuando se sienta mejor?
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Preguntas para qué?
—Para contar su historia.
La anciana soltó una risita seca.
—Mi historia no llena una página, joven.
—Su comedor sí llena muchas vidas.
Ella volteó hacia la ventana del hospital. Afuera, la ciudad seguía rugiendo: cláxones, vendedores, camiones, pasos apurados. Por un momento pareció que iba a decir algo, pero cerró los labios.
Tomás regresó al comedor esa misma tarde. Quería entender. Encontró a varias vecinas limpiando el piso, rescatando lo que podían, preparando arroz para que los niños no se quedaran sin comer.
En la pared había fotografías viejas pegadas con cinta: bebés en brazos de Doña Esperanza, jóvenes con toga de graduación, albañiles sonriendo con platos de caldo, una enfermera abrazándola, un policía municipal dándole un beso en la frente.
—¿Por qué todos la llaman madre? —preguntó Tomás.
El silencio cayó raro.
Marta apretó el trapo entre las manos.
—Porque algunos no tuvimos otra.
Don Julián, sentado junto a la entrada, habló sin levantar la vista.
—Yo llegué aquí a los quince, huyendo de mi padrastro. Dormía en la central camionera. Ella me dio sopa, una cobija y luego me consiguió trabajo. Si no fuera por ella, quién sabe dónde estaría.
—A mí me escondió de mi marido —dijo otra mujer, Carmen—. Venía golpeada, con mi niña en brazos. Doña Espe no preguntó nada. Solo me dijo: “Primero come, luego vemos cómo sobrevives”.
Tomás escuchaba, cada vez más confundido. Aquello no era un comedor. Era un refugio disfrazado de cocina.
Entonces Lalo, el niño que la había encontrado en el piso, se acercó con una caja de galletas vacía.
—Esto estaba debajo de su cama —dijo.
Marta frunció el ceño.
—¿Por qué estabas revisando sus cosas?
—Buscaba su rebozo para llevárselo al hospital.
Dentro de la caja había recortes amarillentos, cartas, fotografías y una pulsera de bebé con letras casi borradas. Tomás no quiso tocar nada al principio. Pero una hoja doblada cayó al piso.
Era una carta sin enviar.
Decía: “A mi hijo Rafael, por si un día quiere saber por qué lo dejé”.
Marta se cubrió la boca.
—¿Doña Espe tuvo un hijo?
Nadie respondió.
Todos en el barrio sabían muchas cosas de ella: que llegaba al mercado de La Merced antes del amanecer para pedir verduras golpeadas, que vendía gelatinas los domingos para comprar pollo, que nunca cobraba un peso, que llamaba “mi niño” a hombres de cuarenta años.
Pero nadie sabía que hubiera tenido un hijo.
Tomás tomó la carta con manos temblorosas. No la leyó completa. No todavía. Solo alcanzó a ver una línea que le heló la sangre:
“Me dijeron que habías muerto, Rafael, y yo les creí porque una madre también puede romperse de tanto dolor”.
Part 2
Doña Esperanza despertó al día siguiente con el brazo vendado y el alma inquieta.
—El comedor —fue lo primero que dijo.
—Está abierto —contestó Marta—. Todos estamos ayudando.
La anciana cerró los ojos. Una lágrima se le escapó, pequeña y terca.
—No le pongan mucha agua al arroz.
Marta quiso reír, pero le tembló la boca.
Tomás llegó con flores compradas en un puesto afuera del hospital. No eran elegantes, solo tres girasoles envueltos en papel periódico. Doña Esperanza los miró como si le hubieran traído un lujo imposible.
—Joven, si viene por la entrevista, le aviso que no tengo fuerza para posar.
—No quiero que pose. Quiero escucharla.
Ella guardó silencio un largo rato.
—¿Ya abrieron la caja?
Tomás no mintió.
—Sí. Encontramos una carta.
La anciana giró el rostro hacia la pared. Durante unos segundos solo se oyó el pitido lejano de una máquina y los pasos de una enfermera en el pasillo.
—Entonces ya sabe lo único que yo no quería que supieran.
—No sé nada todavía.
Doña Esperanza respiró con dificultad.
—Yo tenía veinticuatro años cuando nació Rafael. Vivíamos en Puebla, pero nos vinimos al Distrito Federal porque mi esposo, Anselmo, encontró trabajo cargando costales en la Central de Abasto. Éramos pobres, pero Rafael se reía con toda la cara. Tenía una manchita aquí…
Se tocó el cuello.
—Como media luna.
Tomás no escribía. Solo escuchaba.
—Cuando Rafael tenía tres años, Anselmo se metió en problemas. Debía dinero. Una noche llegaron unos hombres a la vecindad. Yo estaba lavando ropa. Cuando subí, mi niño ya no estaba.
La voz de Doña Esperanza se quebró.
—Mi esposo me dijo que se lo había llevado su hermana para cuidarlo, pero después me confesó que lo entregó a una familia con dinero. Dijo que era por unos días. Luego dijo que el niño se enfermó. Después dijo que murió.
Marta, sentada al lado de la cama, empezó a llorar en silencio.
—¿Usted lo buscó? —preguntó Tomás.
Doña Esperanza lo miró con una dignidad triste.
—Hasta que se me acabaron los zapatos. Fui a iglesias, hospitales, delegaciones, casas de cuna. Nadie sabía nada. Anselmo desapareció. Yo me quedé sola con una foto de mi hijo y un ruido aquí adentro que nunca se apagó.
Se tocó el pecho.
—¿Y el comedor?
—Empezó con un niño que encontré comiendo de la basura atrás del mercado. Le di mi torta. Luego vino otro. Después una muchacha embarazada. Después un anciano sin familia. Yo cocinaba en la vecindad, con una olla prestada. Un día entendí que no podía encontrar a mi hijo, pero podía alimentar al hijo de alguien más antes de que el mundo se lo tragara.
Tomás sintió un nudo en la garganta.
—Por eso todos la llaman madre.
—No. Me llaman madre porque no saben mi nombre completo cuando tienen hambre.
Ella sonrió apenas, pero el dolor le apagó la sonrisa enseguida.
La nota salió dos días después.
Tomás no publicó la carta completa. Solo contó lo necesario: una anciana de Santa Marta, ochenta y dos años, cocinaba gratis desde hacía décadas después de perder a su único hijo. Incluyó fotos del comedor, testimonios de vecinos, la historia de Lalo, de Carmen, de Don Julián. Al final escribió una pregunta sencilla: “¿Cuántas vidas puede sostener una mujer con una olla vieja?”
La publicación se compartió miles de veces.
Llegaron donaciones de arroz, frijol, aceite, platos, medicinas. Una panadería ofreció bolillos diarios. Una doctora se ofreció a revisar gratis a Doña Esperanza. Un grupo de jóvenes pintó el comedor de azul claro.
Pero no todo fue luz.
Tres días después, apareció en el comedor un hombre de traje gris, acompañado de dos funcionarios. Dijo venir del municipio.
—Este lugar no tiene permisos adecuados —anunció, revisando papeles—. No puede operar así. Hay riesgos sanitarios, instalaciones improvisadas, gas sin certificación.
Marta se plantó frente a él.
—Aquí comen niños. Aquí comen ancianos.
—No estoy discutiendo la intención, señora. Estoy hablando de reglamento.
El comedor fue clausurado con una cinta amarilla.
Cuando Doña Esperanza se enteró, pidió salir del hospital.
—No puede —dijo la doctora.
—Mi gente tiene hambre.
—Y usted puede morirse.
La palabra cayó como piedra.
Doña Esperanza se quedó quieta. Por primera vez pareció vieja de verdad. No la vieja fuerte que mandaba en la cocina, sino una mujer cansada, pequeña dentro de una bata blanca.
Tomás intentó investigar quién había ordenado la clausura. Encontró algo raro: el terreno del comedor estaba en una zona donde una constructora planeaba levantar locales comerciales. El comedor estorbaba.
—¿Quién está detrás? —preguntó Marta.
Tomás revisó documentos, llamadas, nombres de empresas. Una tarde, en una oficina del centro, encontró el nombre del representante legal.
Rafael Montes.
Sintió que el aire se le iba.
Rafael.
Podía ser casualidad. En México había miles de Rafaeles. Pero el apellido Montes también aparecía en una adopción privada registrada décadas atrás en Puebla. Y en una foto empresarial, aquel hombre de cincuenta y tantos años sonreía con traje caro, cabello canoso y una mancha oscura en el cuello.
Como media luna.
Tomás fue al hospital con la impresión de la foto en una carpeta. No sabía cómo decirlo. No sabía si debía decirlo.
Doña Esperanza lo vio entrar y lo entendió antes de que hablara.
—Lo encontró.
Marta se levantó.
—¿A quién?
Tomás dejó la foto sobre la cama.
La anciana la miró mucho tiempo. Sus dedos tocaron la imagen del hombre como si tocaran la cara de un niño dormido.
—Mi Rafael —susurró.
Después preguntó algo que rompió a todos:
—¿Él sabe que cerró el comedor de su madre?
Nadie contestó.
Tomás pidió una reunión con Rafael Montes. Al principio recibió negativas. Luego, cuando la historia empezó a crecer en redes y el nombre de la constructora comenzó a aparecer en comentarios, Rafael aceptó verlo.
Se reunieron en un café elegante de Polanco, lejos del olor a frijoles, lejos del piso de cemento, lejos de Santa Marta.
Rafael escuchó serio, sin tocar su café.
—Mi madre murió cuando yo era niño —dijo.
—Eso le dijeron.
—Tengo documentos.
—Ella también tiene cicatrices.
Tomás le mostró la fotografía vieja: Doña Esperanza joven, cargando a un niño con una mancha en el cuello. Rafael palideció.
—Eso no prueba nada.
—No. Pero esto quizá sí.
Le entregó una copia de la carta, solo una parte. Rafael leyó dos líneas y apartó la vista.
—No puedo involucrarme en una historia sentimental. Hay contratos, inversionistas, permisos.
—Hay una mujer de ochenta y dos años que cocinó para medio barrio porque pensó que había perdido a su hijo.
Rafael apretó la mandíbula.
—Yo no pedí nada de esto.
—Ella tampoco.
Esa noche, Doña Esperanza empeoró.
La presión subió. La quemadura se infectó. La doctora habló con cuidado, pero Marta entendió el miedo en sus ojos. Lalo llegó con un dibujo: una olla grande y muchas personas alrededor. En el centro había escrito con letras chuecas: “No se muera, mamá Espe”.
Doña Esperanza lo sostuvo contra el pecho.
—No llores, mi niño.
—Cerraron el comedor —dijo Lalo—. Hoy mi hermanita no cenó.
La anciana cerró los ojos. Aquello le dolió más que la herida.
A medianoche, Tomás recibió una llamada de Rafael.
—Quiero verla —dijo.
Cuando Rafael entró al cuarto del hospital, Doña Esperanza estaba despierta, mirando la ventana. No hubo música, ni abrazo inmediato, ni milagro. Solo un hombre rico parado en la puerta y una anciana pobre intentando reconocer en su rostro al niño que le habían arrebatado.
—Señora Esperanza —dijo él, rígido.
Ella sonrió con una tristeza infinita.
—Yo te decía Rafa.
Él no pudo responder.
Doña Esperanza levantó una mano temblorosa, pero no alcanzó a tocarlo.
—No vine a reclamarte nada —murmuró—. Ya pasó mucha vida.
Rafael tragó saliva.
—Yo no sabía.
—Yo tampoco sabía si seguías vivo.
Él miró el vendaje, las manos agrietadas, el dibujo de Lalo, las flores marchitas, la mujer que pudo haberlo odiado y aun así no tenía odio en los ojos.
—El comedor está clausurado por mi empresa —confesó.
Doña Esperanza asintió lentamente.
—Entonces ábrelo, hijo. No por mí. Por los que mañana van a tocar la puerta.
Rafael se cubrió la cara con una mano. No lloró fuerte. Se quebró en silencio, como se quiebran los hombres que aprendieron demasiado tarde que también eran huérfanos.
Part 3
El comedor reabrió un sábado.
No con fiesta grande, porque Doña Esperanza todavía no podía estar de pie mucho tiempo. Reabrió con mesas limpias, una estufa nueva, tanque de gas certificado, refrigerador donado y permisos pegados junto a la puerta, enmarcados como si fueran diplomas.
La cinta amarilla de clausura ya no estaba.
En su lugar, los vecinos colgaron papel picado de colores. Marta preparó agua de jamaica. Don Julián arregló las sillas cojas. Los muchachos del mercado llegaron con cajas de jitomate, calabaza y cilantro. La panadería cumplió su promesa: mandó bolillos calientes en dos canastas.
Rafael llegó sin traje. Llevaba camisa blanca arremangada y zapatos que se ensuciaron apenas pisó la entrada. Nadie lo aplaudió. Algunos lo miraron con desconfianza. Otros bajaron la vista. No era fácil perdonar al hombre que casi les quitaba el único lugar donde muchos comían sin sentirse mendigos.
Él tampoco pidió aplausos.
Se acercó a Marta.
—¿Dónde pongo esto?
Traía costales de arroz.
Marta lo miró de arriba abajo.
—En la bodega. Y no los arrastre, se rompen.
Rafael obedeció.
Después cargó cajas, lavó mesas, peló papas torpemente y se cortó un dedo con el cuchillo. Lalo se rió por primera vez en varios días.
—Usted no sabe cocinar, ¿verdad?
Rafael se miró el dedo.
—Sé firmar contratos.
—Eso no da de comer.
Rafael no tuvo respuesta. Solo sonrió con vergüenza.
Doña Esperanza llegó al mediodía en una silla de ruedas empujada por la doctora Valeria, que ya se había convertido en parte del barrio sin darse cuenta. Al verla entrar, el comedor entero se quedó callado.
Luego, uno por uno, los niños se acercaron. No se le echaron encima porque Marta los regañó, pero le tocaron las manos, el rebozo, la falda.
—Mamá Espe, ya volvió.
—Mamá Espe, guardé su silla.
—Mamá Espe, hoy sí me comí todo.
Ella intentó sonreírles a todos.
Rafael estaba junto a la estufa. Cuando la vio, se quedó inmóvil. Doña Esperanza lo llamó con los dedos.
—Ven.
Él se acercó.
—No sé qué hacer aquí —admitió en voz baja.
—Nadie nace sabiendo cuidar una olla.
—Ni una madre.
Doña Esperanza lo miró con ternura.
—Una madre tampoco nace sabiendo perder un hijo.
Rafael bajó la cabeza.
—Voy a cancelar el proyecto de los locales. El terreno queda protegido para el comedor. Ya hablé con los abogados. También quiero crear un fondo para que esto funcione aunque usted… aunque algún día…
No pudo terminar.
Doña Esperanza le tomó la mano.
—No me compres el perdón, Rafa.
—No sé cómo pedirlo.
—Empieza sirviendo platos.
Y eso hizo.
Ese día, Rafael Montes, empresario acostumbrado a salas frías y vidrios altos, sirvió caldo de pollo a albañiles, niños, ancianas, vendedores ambulantes y migrantes que pasaban por la colonia sin conocer a nadie. Al principio lo hacía lento, derramando caldo en los bordes. Luego Marta le enseñó a inclinar el cucharón.
Tomás estaba ahí, pero ya no como periodista solamente. Ayudaba a repartir tortillas y, de vez en cuando, tomaba notas. La nueva crónica no hablaba de una anciana santa ni de un hijo villano. Hablaba de algo más difícil: de gente rota intentando reparar lo que todavía se podía.
Una semana después, Rafael llevó a Doña Esperanza a Puebla.
Ella no había querido ir durante años. Decía que los recuerdos también tenían dientes. Pero aceptó porque Rafael se lo pidió sin exigirle nada.
Fueron a la vieja vecindad, ahora convertida en departamentos pintados de verde. Nadie quedaba de aquellos tiempos. En la iglesia donde ella había rezado por su hijo, Doña Esperanza se sentó en la última banca. Rafael se sentó a su lado.
—Yo crecí pensando que mis padres adoptivos me habían salvado de la miseria —dijo él.
—Quizá también te cuidaron.
—Sí. Me dieron estudios, casa, apellido. Pero nadie me dijo que había una mujer buscándome.
Doña Esperanza miró el altar.
—A veces la mentira se viste de favor.
Rafael respiró hondo.
—Tengo miedo de que sea tarde.
Ella tardó en contestar.
—Es tarde para muchas cosas. Para que te arrullara. Para llevarte a la escuela. Para curarte la fiebre. Para verte cumplir quince, veinte, treinta. Pero no es tarde para sentarte conmigo a comer.
Esa tarde compraron cemitas en un puesto y comieron en una banca. Rafael se manchó la camisa de aguacate. Doña Esperanza se rió tanto que empezó a toser. Él se asustó.
—Estoy bien —dijo ella—. Nomás se me había olvidado cómo se reía una madre con su hijo.
Los meses siguientes no fueron perfectos.
Doña Esperanza tuvo días buenos y días difíciles. A veces confundía nombres. A veces se despertaba angustiada creyendo que el comedor seguía clausurado. Rafael iba tres veces por semana. Al principio llegaba con soluciones enormes: remodelar todo, contratar personal, cambiar el menú. Marta le frenaba los impulsos.
—Aquí no venimos a presumir, licenciado. Venimos a que alcance.
Él aprendió.
Aprendió que el arroz se lava hasta que el agua sale clara. Que los niños con más hambre son los que menos piden. Que a los ancianos les gusta que les sirvan primero, no por privilegio, sino porque han esperado demasiado en la vida. Que Doña Esperanza no decía “pobres”, decía “los míos”.
Tomás publicó la segunda parte de la historia un domingo por la mañana. Esta vez, no puso una foto dramática del hospital. Puso una imagen sencilla: Doña Esperanza sentada junto a la puerta del comedor, Rafael detrás sirviendo platos, Lalo riéndose con una tortilla en la mano.
El texto se compartió por todo México.
Llegaron mensajes de Monterrey, Oaxaca, Guadalajara, Mérida. Personas preguntando cómo donar, pero también contando historias de sus propias “madres” del barrio: una tía que cuidó a todos, una vecina que daba comida fiada, una abuela que crió nietos ajenos, una señora del mercado que nunca dejó que un niño se fuera sin pan.
Un día, el municipio organizó un reconocimiento para Doña Esperanza. Querían llevarla a un auditorio, ponerle una medalla, tomar fotos. Ella aceptó solo con una condición:
—La ceremonia se hace en el comedor. Y el que venga, come.
Llegaron funcionarios, cámaras y vecinos. También llegaron los albañiles de siempre, los niños, las enfermeras del hospital, los comerciantes del tianguis. El reconocimiento era una placa de metal brillante que decía: “A Esperanza Morales, por su servicio a la comunidad”.
Ella la miró y luego miró a Rafael.
—Está bonita, pero pesa menos que una olla llena.
Todos rieron.
Cuando le pidieron unas palabras, Doña Esperanza se apoyó en su bastón. El comedor quedó en silencio. Tomás encendió la grabadora.
—Yo no sé hablar bonito —dijo ella—. Yo solo sé cocinar. Muchos años pensé que había perdido a mi único hijo. Y tal vez por eso empecé a mirar hijos por todas partes. En los mercados, en las banquetas, en las obras, en las puertas de los hospitales. Unos tenían hambre de comida. Otros de que alguien les preguntara si estaban bien.
Rafael se limpió una lágrima rápido, pero Lalo lo vio.
—Hoy mi hijo está aquí —continuó ella—. Y también están todos ustedes. Así que ya no sé si la vida me quitó uno o me estaba preparando para reconocer a muchos.
No hubo aplauso inmediato. Primero hubo llanto. De ese llanto suave que no da pena, porque sale de lugares donde las palabras no alcanzan. Luego sí, el comedor entero aplaudió.
Esa noche, después de que todos se fueron, Rafael encontró a Doña Esperanza en la cocina, intentando mover una olla.
—Mamá, no cargues eso.
Ella se quedó quieta.
Era la primera vez que él la llamaba así sin pensarlo.
Doña Esperanza no dijo nada. Solo soltó la olla y le acomodó el cuello de la camisa, como si él todavía fuera un niño con uniforme.
—Te quedó chueco el botón —murmuró.
Rafael se inclinó y apoyó la frente en sus manos.
—Perdón por haber llegado tarde.
Ella le acarició el cabello canoso.
—Llegaste antes de que se enfriara la sopa.
Afuera, la colonia Santa Marta seguía sonando igual que siempre: perros ladrando, vendedores recogiendo puestos, una moto pasando demasiado rápido, una radio tocando una canción vieja. Dentro del comedor, quedaba olor a caldo, a tortillas calientes y a hogar.
Tomás apagó la luz al salir, pero dejó encendida la lámpara pequeña junto a la Virgen. Sobre la puerta, alguien había pintado con letras azules el nuevo nombre del lugar:
Comedor Madre Esperanza.
Desde entonces, cuando alguien preguntaba por qué tantos la llamaban madre, nadie daba una explicación larga. Solo le servían un plato, le señalaban una silla y dejaban que entendiera por sí mismo que hay mujeres que no necesitan parir a todos sus hijos para pasar la vida entera alimentándolos.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.